domingo, 6 de mayo de 2012

La sensación única

El hombre se tumbó en la camilla. El científico se acercó cuando se hubo puesto cómodo y empezó a ajustarle las correas en manos y piernas, a colocarle los electrodos en su afeitada cabeza, a tranquilizarlo con palabras de ánimo.

-Vamos a comenzar con el experimento, señor. No se preocupe por nada. Va a experimentar…bueno, “vamos” a experimentar, si la experiencia sale bien, la llamada “sensación única“.

-Tengo curiosidad, doctor, ¿porqué es “única”?

-Porque solo se da una vez, por supuesto.

-Bueno, si pero…

El hombre de la bata blanca se apartó entonces de él, ajustando la máquina que se encontraba entre las dos camas, la del paciente y otra vacía. Cogió un finísimo y transparente tubo, acabado en una aguja, y pinchó con ella el brazo del paciente. Todo estaba dispuesto. El científico se tumbó en la otra camilla, se puso otro conjunto de electrodos en su también rasurada cabeza y se dispuso a comenzar el experimento.

-¿Se ha preguntado alguna vez si dos personas pueden sentir lo mismo al mismo tiempo?.- Dijo enigmáticamente el doctor.

-¿A que se refiere?

-A que dos personas, con el debido equipamiento y preparación, puedan sentir al mismo tiempo las mismas emociones, los mismos sentimientos. Que a una de ellas le pasen ciertos pensamientos por la mente y, a la vez, otro sujeto pueda captar todo eso en el mismo instante en que pasa.

-Pues nunca me lo he planteado.- Respondió el cada vez más extrañado paciente.

-Pues es posible.- El doctor encendió la máquina y puso en funcionamiento el proceso. – He demostrado que se puede hacer. He experimentado lo que siente una mujer al parir a su hijo, he captado los pensamientos de un niño acabado de nacer, he visto…en fin, cientos de cosas que nunca podría captar, pero me falta una, la más importante e íntima de una persona, la que no podría tratar de decir nadie, pues tras sentirla no hay posibilidades de estudio.

El paciente notó como sus músculos se relajaban por el efecto de la droga que fluía por el translúcido conducto que tenía cogido al brazo. Sus ojos se cerraban, y escuchó como en un sueño las últimas palabras del doctor…y las últimas palabras que escucharía en su vida.

-Ahora experimentaré lo que se siente al morir…

Los policías habían entrado a la fuerza en el siniestro laboratorio. La puerta colgaba, destrozada, de uno de los goznes que aún resistía valientemente. Las cortinas habían sido arrancadas, para permitir a los equipos de CSI analizar y recoger todo tipo de pruebas, porque iba a ser necesario un estudio en profundidad de qué había pasado allí. Dos hombres, uno de ellos un científico, el otro con pinta de vagabundo, se encontraban tumbados en sendas camillas. Tenían cables distribuidos uniformemente por la cabeza, y uno de ellos una aguja clavada en un brazo. Los dos habían muerto hacía ya varias semanas. Uno de ellos, según parecía, por el efecto de una potente droga que le habían administrado por vía intravenosa, pero el otro…”¿Cuál era la razón de su muerte?” Se preguntaban los detectives mientras analizaban las pruebas. La autopsia desvelaría, presumiblemente, lo que le mató, pero las conclusiones a las que llegarían los científicos no tendrían sentido. Lo que hizo que la muerte le llegara al cruel doctor fue tratar de experimentar en sí mismo algo que los seres humanos solo tienen derecho a sentir una única y definitiva vez. Por eso se llama “la sensación única”.

domingo, 29 de abril de 2012

Solo un juego...

Levantó la espada. Azzira "guardiana de almas" estaba preparada para la batalla. Su armadura había sido forjada en lo más profundo de la fortaleza de Rakkdos. Sus armas y su escudo estaban cubiertos de runas, algunas de las más poderosas creadas por los maestros enanos. Se sentía llena de energía, con un poder incomparable, en una palabra: invencible. Su enemigo se aproximaba, ya se veía su figura recortada por el sol del crepúsculo en el horizonte. Sabía su nombre, aunque nunca habían medido sus fuerzas en una batalla. El poder de Weosk "el hijo del caos" era legendario. Mientras que la mayoría de combatientes utilizaban sus armas o sus puños, Weosk se había centrado en potenciar su mente, de manera que la confusión y la manipulación de sus oponentes le otorgaban siempre la victoria...al menos, hasta el momento en que se enfrentaran. El mago del engaño estaba ya a unos pocos metros de la guerrera, con su cabeza cubierta por la capucha de la hermosa túnica, lo cual dejaba entrever el brillo de sus ojos bajo la misma. El hombre dejó su rostro lentamente al descubierto y le dijo a la guerrera, mientras sonreía:

- Volvemos a encontrarnos.

- Vamos, acaba de barajar de una vez- Dijo Susan airadamente mientras tamborileaba un caótico ritmo con sus dedos - ¡Las vas a marear, acaba de una vez!

- El proceso de mezclar las cartas es muy importante. - Mientras barajaba su mazo de cartas, Michael miraba a los ojos a su contrincante, y sonreía pícaramente, pues sabía perfectamente que eso le ponía de los nervios. Habían quedado, como tantas otras veces, en aquel acogedor bar que se encontraba convenientemente situado a una distancia similar de sus casas. Bebían y jugaban cada sábado, ambos convencidos de que aquella semana habían montado su baraja definitiva y que, por tanto, serían invencibles. "Duelo Final" era un juego que les entusiasmaba. Sus reglas eran sencillas, pero las estrategias que se podían realizar simplemente cambiando unas pocas cartas eran prácticamente infinitas.

- ¿Otra vez vas a usar al tramposo de Weosk? - Preguntó Susan, fingiendo un pequeño enfado.

- Me gusta ser impredecible en todo, menos en eso. - Dijo Michael.- Lo mejor de Weosk es que los guerreros os confiáis, y en cuanto bajáis la guardia...!ZAS!- Acompañó la expresión con un golpe en la mesa y toda la gente del bar se giró a mirarles.

- Bueno, me toca salir. - Dijo Susan, fingiendo que no había pasado nada.

La chica colocó a su guerrera, Azzira, sobre la mesa. Le encantaba aquella carta. Su sencillo manejo y las contundentes estrategias que permitía la luchadora no tenían secretos para Susan, que había montado su baraja exclusivamente para ella. Robó tres cartas y tiró el dado. Un cinco, eso significaba que tenía cinco puntos de ataque para usar en las acciones de las cartas. Podría primero usar esa carta, después la de enmedio y al final...

Azzira no esperó a que las palabras de Weosk pudieran confundirla. Sabía perfectamente que muchos otros guerreros habían caído en la trampa de escuchar su amistosa charla inicial, para después sucumbir ante sus ataques mentales. Utilizó un par de movimientos clásicos, que casi siempre utilizaba al comienzo de sus combates. Primero, lo que a ella le gustaba llamar "Movimiento fulgurante", un asalto tan rápido que era muy difícil de ver por el ojo humano. Además, contrajo sus poderosos músculos y preparó el "Golpe devastador". Esas dos acciones combinadas serían letales para su contrincante...si llegaba a tocarle, claro. Curiosamente, Weosk no se había movido todavía de donde estaba, y recibió el golpe estoicamente, haciendo tan solo una pequeña mueca...que transformó en una sonrisa en un instante, mientras desplegaba el campo de fuerza que había paliado los efectos del ataque de la guerrera. Azzira salió disparada hacia atrás, volando unos pocos metros, aparentemente vencida. Pero nada más lejos de la realidad. Con una elegante voltereta en el aire, cayó con estruendo en el pedregoso suelo, haciendo saltar esquirlas de roca por la potente frenada.

- Un buen ataque combinado, guerrera - Dijo Weosk, sin dejar de sonreír. - Quizás la próxima vez consigas tocarme - Los ojos del mago relucían con el fuego del infierno, y ese brillo, combinado con la tétrica sonrisa estaban empezando a hacer mella en la guerrera. Era tan solo un leve rastro de duda, pero sabía que eso podría representar la diferencia entre la victoria y la derrota...entre la vida y la muerte.

- ¿Sigues sin acordarte de mi, verdad? - Preguntó Weosk, cortando los pensamientos de Azzira un instante. - No lo recuerdas, pero nos hemos enfrentado cientos de veces, cada vez con un resultado distinto... - Las palabras del mago se quedaron flotando en el aire mientras la guerrera se lanzaba de nuevo al ataque. Esta vez era una sucesión de golpes distinta, pero el hombre no tuvo ningún problema en esquivarlos todos y cada uno de ellos. De hecho, incluso tuvo tiempo de cargar una bola de energía psíquica mientras escapaba de una embestida, lanzándosela después a su esforzada contrincante, a la que dio de lleno. Las fuerzas de Azzira empezaban a flaquear. Ese último ataque psíquico le había dejado para el arrastre, y no estaba segura de si podría ejecutar una nueva combinación de ataques, quizá, ni tan siquiera un ataque. Por suerte para ella, el mago parecía dispuesto a darle un momento de respiro.

- ¿¡Como narices has hecho eso!? - Preguntó Susan, claramente frustrada porque ninguna de sus cartas parecía hacer mella en la defensa de su amigo.

- El poder de Weosk consiste en no dejar que ni uno solo de los ataques de sus rivales lleguen a tocarle - Dijo Michael. - Es perfectamente legal...aunque puede que eso no te permita jugar mucho. - De nuevo esa sonrisa, Susan empezaba a enfadarse de verdad, aunque no tenía motivo para ello. Las cartas eran legales y las combinaciones que había hecho su amigo eran...bueno, geniales. Pero eso no quitaba que no le estaba dejando disfrutar de la nueva baraja que había montado.

- Bueno, se acabaron las contemplaciones, ya basta de defensas y contraataques. - Dijo, enigmático, Michael. - Voy a utilizar el ataque de conmoción mental, y tu triste guerrera no podrá aguantar ni un turno más...

- ¿No recuerdas la batalla en los acantilados de Grullia? ¿O nuestro encuentro en la ciudad de Bellerion, cuando nos conocimos? No, supongo que no. - El mago no paraba de repetir frases como esas y, aunque Azzira trataba por todos los medios de no escucharle, pues sabía que todo eran mentiras para confundirla, tenía que reconocer que estaba empezando a hacer mella en su mente. ¿Era posible que se hubieran conocido en otro momento? ¿Podrían Weosk y ella ser antiguos compañeros de batalla, enemigos acérrimos, amantes? ¿Por qué no recordaba nada de eso? ¿Acaso el mago del caos le había borrado la memoria en algún encuentro pasado? Por lo que sabía de él, era muy posible.

- Mi querida Azzira, hemos pasado tantas cosas juntos. Sin embargo, el hecho de que siempre tenga que perderte de esta forma me rompe el corazón. Si tan solo pudieras acompañarme en el caos, sabrías lo que yo se, y podrías dejar de olvidar de una vez por todas. - La guerrera estaba confundida por completo. El mago no hacía más que decir sandeces, pero no lo acompañaba de ningún ataque o estratagema para derrotarla. ¿Acaso estaba hablando en serio? ¿Que pretendía?

- N..no entiendo nada de lo que di...dices, engendro del caos. - Dijo al fin, con la voz fallándole por el agotamiento. - Me tienes a tu merced. - Tomó aire y fuerzas. - ¡Acaba conmigo de una vez!. - Azzira se desplomó, quedándose arrodillada, como haciendo una reverencia ante su verdugo. El mago la miraba fijamente, con sus ojos brillando en la mortecina luz del anochecer.

- ¿Acaso recuerdas algo de tu vida pasada? ¿Sabes algo más de ti misma que tus orígenes, tus armas o tus fuerzas o debilidades? ¿Te has parado a pensar si recuerdas a tus padres, tu ciudad natal? ¿Recuerdas alguna anécdota curiosa de tu vida? ¿Sabes algo más que esa absurda idea de que tienes que acabar con el caos sea como sea? ¿Que eres en realidad, guerrera?. - Las palabras de Weosk resonaban en su cabeza como las pisadas de un titán aproximándose para aplastarla. ¿A que se refería? Por supuesto que recordaba...Pero no era así. Todos los recuerdos que fluían por su mente en estos instantes hacían referencia a las pocas cosas de las que estaba segura. Su armadura, sus armas, su origen expuesto como si fuera un informe de la guardia de la ciudad...pero cosas más personales e íntimas...absolutamente nada.

- ¿¡Que me has hecho!?. - Intentó gritar Azzira, pero de su boca salió algo más similar a un susurro. - No puedo recordar nada de lo que dices... - La guerrera bajó la vista, y sus ojos empezaron a humedecerse por lo que, al parecer, había perdido. Sus recuerdos, su identidad, su vida. Nada aparecía en su memoria que le dijera quién era. No quien debería ser, si no quién era ella en lo más profundo de su alma.

- Yo no te he hecho nada, guerrera. Nuestro papel en el universo es efímero. ¿Sabes algo de nuestro origen? ¿Sabes lo que somos en realidad? ¿Que me dirías si te dijera que nuestra existencia tan solo es posible cuando unos seres de otro universo juegan a un absurdo juego en el que nos enfrentamos? ¿Me creerías si te explicara que nuestras vidas empiezan y acaban cuando una de esas partidas tiene lugar? Y de todas formas, no tiene sentido que te lo explique, porque en el instante en que acabe contigo, el juego acabará, y olvidarás todo esto, para volver a encontrarnos una y mil veces más, siempre como si fuera la primera.

Azzira ya no sabía que creer. Estaba segura de que estaba engañándola, usando sus miedos y sus debilidades mentales para acabar con ella pero, por otra parte...¿Con que motivo? Estaba en su poder. Un solo ataque bastaría para acabar con ella. Era posible que...

- ¿Me estás diciendo la verdad?. - Dijo al fin la guerrera.

- Sin duda. Nunca te mentiría en algo como eso.

- Pero, si eso es así, ¿Como es posible que tu recuerdes nuestros encuentros? ¿Como puedes saber todo lo que ha pasado, si cada vez que ocurre nacemos y morimos?. - Preguntó Azzira, haciendo un esfuerzo porque su voz sonara segura.

- Es mi bendición...y mi maldición. Dijo Weosk, tras meditar un momento. - Soy un siervo del caos. La vorágine de existencia inestable a la que somos lanzados cada vez que uno de estos micro-universos se destruye no es para mi más extraña que esta misma realidad. A diferencia de los otros seres de estas realidades, los que estamos en sintonía con el caos podemos... "sobrevivir" en esas condiciones, y mantener intacta nuestra consciencia.

El mago se acercó a la guerrera. Azzira seguía arrodillada y sintió la mano del mago apoyándose en su cabeza, mientras le decía:

- Si tu quisieras, también podrías "vivir" de esta forma. Tan solo tendrías que servir al caos, al igual que yo mismo. Salvarías tu propio ser de la destrucción que conlleva el final de cada batalla, y podrías ser mi compañera en esta cruel existencia que nos ha dado el destino.

Weosk dejó de hablar. Ya le había dicho todo lo que podía para convencerla. Azzira estaba segura de que su existencia dependía de lo que decidiera en ese momento. Por una parte, si renegaba del caos, volvería a repetir ese cruel ciclo de creación y destrucción al que, al parecer, estaban condenados en ese universo. Si aceptaba, todo por lo que había luchado caería en saco roto, pero podría empezar a descubrir quién era, sus verdaderos orígenes, y el verdadero significado de esa realidad tan extraña. El mago cargó su último hechizo en su mano derecha. La bola de energía psíquica relucía en la oscuridad, como una supernova en el centro del universo. Azzira dijo sus últimas palabras. Weosk sonrió...y lanzó su ataque contra ella.

La semana siguiente, Susan y Michael volvían a estar sentados en su mesa de siempre, en el bar de siempre. El anterior sábado había acabado con una aplastante derrota de la guerrera de Susan. Pero esta semana sería diferente, la chica estaba convencida de ello. Habían salido nuevas cartas para el juego, y había conseguido una versión nueva de su querida compañera de batallas. Aunque siempre le había gustado la guerrera por su defensa del bien y de la justicia, estaba claro que con aquellas estrategias no iba a ninguna parte, al menos contra Weosk. La nueva versión de su carta favorita se llamaba "Azzira, corrompida por el caos" y ahora había complementado sus poderosas habilidades para el combate con hechizos propios de los magos psíquicos. Sacó la carta y se la mostró a Michael, que ya no parecía tan seguro como en anteriores duelos, y ambos observaron la magnífica ilustración de la misma. La carta mostraba a Azzira en primer plano. Miraba directamente a los ojos del que se atreviera a mirarla, con sus ojos brillando como dos ascuas salidas del mismo infierno. Tras ella, una sombra parecía arroparla, con sus manos apoyadas en los fuertes hombros de la guerrera. Sobre su cabeza, dos resplandores azulados miraban también al espectador, como retándole a que juzgaran a su protegida. Pero lo que más llamaba la atención del dibujo no era ninguna de esas cosas. Era la enigmática y amplia sonrisa que lucía Azzira en su rostro.

lunes, 23 de abril de 2012

La caja.

La caja era vieja, tan vieja como el mundo, el hombre la giró sobre sus manos.
-Nadie la ha abierto nunca- le dijo el anticuario.
-Pues entonces solo puede estar vacía- respondió John, y agitó suavemente aquel milenario objeto.
Silencio.
Nada.
El anciano anticuario perdió el color cuando vio aquello y le arrebató rápida y limpiamente la caja de entre las manos. Ambos se miraron.
-No está vacía- replicó nerviosamente el viejo, no parecía mentir aunque su rostro casi desfigurado lo hacía parecer un demente -y nadie la ha abierto.
-¿Como puedes saber que nadie lo ha hecho?- preguntó John realmente intrigado.
El anciano guardó la caja en su vitrina y solo respondió aquella pregunta una vez la hubo cerrado con la llave.
-Porque aún existe vida sobre la faz de la tierra.

viernes, 20 de abril de 2012

La duda.

¿De que se teje
cada alma ajada?

Odiaba.

Odia la luz y el día.
La verdad y la mentira.
Odiaba el ahora y el mañana
como un gusano a su manzana.
Odia la vida y la muerte
y la buena y la mala suerte.
Crece, enfermo, día tras día
en su ajada tierra baldía.
Alguien le dió nombre:
hijo bastardo del hombre.
Que sabrá él del odio,
viviendo, soñando, siempre entre opio.

jueves, 19 de abril de 2012

Como caido del cielo.

El veterano policía sacó su arma y efectuó varios disparos de aviso al cielo.
Una de las balas, en su descenso, le alcanzó en toda la cabeza, haciéndosela estallar como una sandía.
Suicidio involuntario lo llamaron los jueces. Otros, simple y llanamente, mala suerte.

miércoles, 18 de abril de 2012

Primera Sesión.

El edificio tembló y con la nueva sacudida todos los cuadros de la pared se descolgaron, cayendo estrepitosamente al suelo. Hana se encontraba durmiendo cuando el suelo de su habitación se  agitó violentamente. No era la primera vez que se despertaba de aquella manera pero el miedo no entendía de precedentes ni de recuerdos.
Hana estaba aterrada pero aún así notó que había algo extraño en aquel temblor, había vivido demasiados terremotos como para no darse cuenta de ello. Entró a la habitación de su hermana pequeña y la vio, menuda y asustada, escondida en un rincón. La cogió de las manos justo en el momento que el mundo bajo sus pies volvió a cobrar vida.
Nerviosas y a la vez extrañadas ante aquellos violentos temblores las dos hermanas miraron por una de las ventanas.

Ajeno a todo esto, en las afueras de la ciudad de Tokio Godzilla continuó con su primera sesión de salto a la comba, Ultraman le había dicho que tenía que perder algo de barriga.

martes, 17 de abril de 2012

Peotr.

Peotr jamás había visto una habitación peor iluminada que aquella. El foco del techo le estaba dando un calor de muerte. No recordaba como había llegado a aquel lugar y, curiosamente, tampoco le importaba.
Que no era un sueño lo sabía, ¿sería un secuestro?.
Quizá lo habían gaseado en aquella habitación de motel, lo habían sacado de la misma y luego le habían traído allí. De ser así los efectos de aquel gas aún perdurarían en su cuerpo funcionando como un calmante, eso explicaría el hecho de que estuviera tan tranquilo.
En la parte iluminada de la mesa frente a sí había un libro, una vieja versión de bolsillo con el título y el nombre del escritor tachados. La curiosidad le hizo coger aquel libro y empezar a ojearlo. Todo estaba rallado, como si una legión de niños ociosos armados con bolígrafos se hubiesen cebado con él. Solo el dibujo de la portada permanecía intacto. Un niño harapiento estaba de cuclillas, observaba risueño un charco que le devolvía su propio rostro lleno de gusanos. El niño era Peotr.
El inquietante libro se le calló de las manos cuando una susurrante y quebrada voz procedente de la oscuridad le hizo sobresaltarse.

lunes, 16 de abril de 2012

Lorens.

La gota de sudor se desprendió de la barbilla de James y cayó sobre su -hasta ese momento- impecable americana. Alzó la vista para intentar averiguar algo de su interlocutor pero estaba escondido tras la negrura de la habitación.
-¿Que quieres?- preguntó con voz nerviosa para luego proseguir gritando salvajemente-¿Que cojones quieres?.
No hubo respuesta alguna por lo que James se levantó violentamente, la silla calló silenciosamente detrás suyo quedando sepultada por la oscuridad. En aquel circulo de luz solo estaba James de pie y un trozo de mesa iluminado mostrando dos fotografías.
El elegante abogado más bien parecía uno de los criminales a los que defendía, su rostro contraído por la ira mostraba sus ansias de descargar aquella furia contra su interlocutor. Pero incluso en aquel estado no se atrevió a salir de aquel circulo iluminado. Volvió a mirar aquellas dos fotografías, había violado y asesinado a aquellas dos mujeres y se había asegurado de que otros pagaran por ello. Estaba limpio, ni siquiera era sospechoso de aquello. No había ninguna prueba que conectara ambos casos entre sí y mucho menos con él.
Y sin embargo aquel tipo de voz cansada le había lanzado aquellas dos fotos como venenosos puñales. "Cuéntame tu historia" es lo único que había dicho justo antes de hacerlo.

domingo, 15 de abril de 2012

La Dama

El guerrero, derrotado, hincó su rodilla en el pedregoso suelo. El peso del mundo sobre sus hombros, o al menos eso sentía, le impedía alzar el cuerpo. La espada, clavada junto a él, le ayudaba a mantener su mano derecha todavía alzada por encima de su cabeza. Su escudo, roto, inútil, yacía a su lado, como un mudo testigo de la batalla que acababa de acontecer. Miraba hacía abajo, compungido, pensando en todos a los que había fallado mientras sus ojos se inundaban con el dolor y las amargas lágrimas del fracaso. El mago se mantenía firme desde el lugar donde le había doblegado, al final de los toscos escalones de piedra que llevaban al tenebroso altar. La sangre goteaba lentamente al suelo de piedra, manchando su túnica de impecable factura. Sus víctimas, únicos testigos del final del soldado, descansaban sobre la dorada tabla. Las llamas de las antorchas se reflejaban en sus abiertos pero ciegos ojos, y les conferían una falsa vitalidad, como si siguieran observando la batalla que tenía lugar ante ellos. Actínicos zarcillos de energía recorrían el bastón del hechicero, concentrando la magia en el rubí que relucía en el extremo. La magia, la luz del fuego y las carcajadas de aquel ser demoníaco, antiguo humano, llenaban la caverna y los últimos minutos del valiente guerrero parecían estar cerca. El silencio fue más terrible que todo lo que había visto y oído. El soldado alzó su maltrecha cabeza, y lo que vio consiguió que se le helara la sangre en las venas. El hechicero seguía frente a él, preparado para asestarle el golpe que pondría fin a su vida, el conjuro que le enviaría al Reino Silencioso, pero parecía haberse detenido, como congelado en el tiempo y en el espacio, pues no emitía un sonido, ni movía un solo músculo. Una silueta de mujer se perfiló justo delante del mago, transformándose poco después en una simple figura con una túnica blanca que la cubría de pies a cabeza. La aparición comenzó a hablar, y el sonido le recordó al soldado al fragor de la batalla, al falso silencio previo a una emboscada, al filo de un arma al segar la vida de un ser humano…

- No todo está perdido, valiente guerrero.

¿Podía acaso ser ella, La Dama? El guerrero tenía muy presentes las leyendas que sus instructores le habían contado tantas veces. La Señora Silenciosa, La Dama de blanco o simplemente La Dama no era desconocida para ningún soldado de Fazeria. La imagen se acercó flotando lentamente, bajando los escalones de piedra para situarse junto a él. Sus ojos se encontraron con los del hombre moribundo. Del blanco más puro eran sus iris, pero el aterciopelado negro de sus pupilas le transmitía una calidez que nunca antes había sentido. La mujer continuó hablando:

- El tiempo de la elección ha llegado, soldado. Debemos ver si tu vida continúa o si, por el contrario, debes sumergirte en el mundo de las sombras, para renacer cuando sea el momento.

El guerrero sintió que el tiempo volvía a su curso normal. Sabía que ahora se decidiría todo. Juntó las últimas fuerzas que le quedaban, se levantó a duras penas, afianzó sus pies, agarró fuertemente la espada, y miró fijamente a su adversario. El mago, divertido, continuaba cargando el hechizo, haciendo que el maná y la energía fluyeran hacia su báculo y la gema de su extremo. Todo parecía fluir hacia el interior del rubí, el aire, la magia, la luz y la propia realidad eran absorbidos por su poder. El soldado empezó a andar pesadamente, como si estuviera bajo el agua, acercándose lentamente a su objetivo. Mientras lo hacía, le pareció escuchar como si unos dados rebotaran cansinamente contra la superficie del mundo, y supo que su destino se había decidido en ese instante. El mago lanzó su hechizo y entonces…

- Cariño, ¿has bajado esta mañana a por el pan?

Cuatro pares de ojos miraron incrédulos hacia la puerta que se acababa de abrir en la habitación.

- ¡Mamá, siempre te digo que no entres cuando estamos en medio de una partida!
- Hay, perdona hijo, pero ¿has comprado el pan o no?
- Si, ¿no podías, sencillamente, mirar en el cajón y no molestarnos?
- Lo he visto, pero ¿hay muy poco, no?
- He congelado el resto.
- Ah, vale. Bueno, no os molesto m…

Pedro cerró la puerta de la habitación, abochornado por lo que acababa de pasar, y volvió a sentarse con sus amigos.

- Perdona Silvia, puedes continuar. – Dijo mientras miraba a la narradora y creadora de aquel juego.

La risa de los cuatro amigos llenó entonces la habitación, disolviendo la tensión que habían acumulado durante la apasionante historia. Habían estado muy concentrados y ahora parecían haber vuelto al mundo real definitivamente.

- En fin – Cortó Silvia, todavía sonriendo - ¿Qué has sacado en la tirada de dados?

Emma.

Emma golpeaba rítmicamente la mesa con la boquilla del cigarro. Oteaba la oscuridad de aquella habitación en la que había despertado, un solo foco situado en el techo la iluminaba a ella, a la silla en la que estaba sentada y un trozo de aquella mesa.
-Cuéntame tu historia- dijo alguien sentado enfrente de Emma. 
Aunque su voz era poco más que un siseante susurro el dueño de aquella voz no debería de encontrarse a más de un par de metros de ella.
Un mechero procedente del otro lado de la mesa se deslizó hasta las manos de la joven que lo cogió sin ningún tipo de reparo. Pese a lo extraño de aquel lugar y de aquella situación no tenía miedo, no se sentía en peligro así que encendió el cigarrillo y le dio una primera calada que le supo a gloria.
-¿Por donde empiezo?- preguntó la joven quizás para si misma.