El guerrero, derrotado, hincó su rodilla en el pedregoso suelo. El peso del mundo sobre sus hombros, o al menos eso sentía, le impedía alzar el cuerpo. La espada, clavada junto a él, le ayudaba a mantener su mano derecha todavía alzada por encima de su cabeza. Su escudo, roto, inútil, yacía a su lado, como un mudo testigo de la batalla que acababa de acontecer. Miraba hacía abajo, compungido, pensando en todos a los que había fallado mientras sus ojos se inundaban con el dolor y las amargas lágrimas del fracaso. El mago se mantenía firme desde el lugar donde le había doblegado, al final de los toscos escalones de piedra que llevaban al tenebroso altar. La sangre goteaba lentamente al suelo de piedra, manchando su túnica de impecable factura. Sus víctimas, únicos testigos del final del soldado, descansaban sobre la dorada tabla. Las llamas de las antorchas se reflejaban en sus abiertos pero ciegos ojos, y les conferían una falsa vitalidad, como si siguieran observando la batalla que tenía lugar ante ellos. Actínicos zarcillos de energía recorrían el bastón del hechicero, concentrando la magia en el rubí que relucía en el extremo. La magia, la luz del fuego y las carcajadas de aquel ser demoníaco, antiguo humano, llenaban la caverna y los últimos minutos del valiente guerrero parecían estar cerca. El silencio fue más terrible que todo lo que había visto y oído. El soldado alzó su maltrecha cabeza, y lo que vio consiguió que se le helara la sangre en las venas. El hechicero seguía frente a él, preparado para asestarle el golpe que pondría fin a su vida, el conjuro que le enviaría al Reino Silencioso, pero parecía haberse detenido, como congelado en el tiempo y en el espacio, pues no emitía un sonido, ni movía un solo músculo. Una silueta de mujer se perfiló justo delante del mago, transformándose poco después en una simple figura con una túnica blanca que la cubría de pies a cabeza. La aparición comenzó a hablar, y el sonido le recordó al soldado al fragor de la batalla, al falso silencio previo a una emboscada, al filo de un arma al segar la vida de un ser humano…
- No todo está perdido, valiente guerrero.
¿Podía acaso ser ella, La Dama? El guerrero tenía muy presentes las leyendas que sus instructores le habían contado tantas veces. La Señora Silenciosa, La Dama de blanco o simplemente La Dama no era desconocida para ningún soldado de Fazeria. La imagen se acercó flotando lentamente, bajando los escalones de piedra para situarse junto a él. Sus ojos se encontraron con los del hombre moribundo. Del blanco más puro eran sus iris, pero el aterciopelado negro de sus pupilas le transmitía una calidez que nunca antes había sentido. La mujer continuó hablando:
- El tiempo de la elección ha llegado, soldado. Debemos ver si tu vida continúa o si, por el contrario, debes sumergirte en el mundo de las sombras, para renacer cuando sea el momento.
El guerrero sintió que el tiempo volvía a su curso normal. Sabía que ahora se decidiría todo. Juntó las últimas fuerzas que le quedaban, se levantó a duras penas, afianzó sus pies, agarró fuertemente la espada, y miró fijamente a su adversario. El mago, divertido, continuaba cargando el hechizo, haciendo que el maná y la energía fluyeran hacia su báculo y la gema de su extremo. Todo parecía fluir hacia el interior del rubí, el aire, la magia, la luz y la propia realidad eran absorbidos por su poder. El soldado empezó a andar pesadamente, como si estuviera bajo el agua, acercándose lentamente a su objetivo. Mientras lo hacía, le pareció escuchar como si unos dados rebotaran cansinamente contra la superficie del mundo, y supo que su destino se había decidido en ese instante. El mago lanzó su hechizo y entonces…
- Cariño, ¿has bajado esta mañana a por el pan?
Cuatro pares de ojos miraron incrédulos hacia la puerta que se acababa de abrir en la habitación.
- ¡Mamá, siempre te digo que no entres cuando estamos en medio de una partida!
- Hay, perdona hijo, pero ¿has comprado el pan o no?
- Si, ¿no podías, sencillamente, mirar en el cajón y no molestarnos?
- Lo he visto, pero ¿hay muy poco, no?
- He congelado el resto.
- Ah, vale. Bueno, no os molesto m…
Pedro cerró la puerta de la habitación, abochornado por lo que acababa de pasar, y volvió a sentarse con sus amigos.
- Perdona Silvia, puedes continuar. – Dijo mientras miraba a la narradora y creadora de aquel juego.
La risa de los cuatro amigos llenó entonces la habitación, disolviendo la tensión que habían acumulado durante la apasionante historia. Habían estado muy concentrados y ahora parecían haber vuelto al mundo real definitivamente.
- En fin – Cortó Silvia, todavía sonriendo - ¿Qué has sacado en la tirada de dados?