martes, 17 de abril de 2012

Peotr.

Peotr jamás había visto una habitación peor iluminada que aquella. El foco del techo le estaba dando un calor de muerte. No recordaba como había llegado a aquel lugar y, curiosamente, tampoco le importaba.
Que no era un sueño lo sabía, ¿sería un secuestro?.
Quizá lo habían gaseado en aquella habitación de motel, lo habían sacado de la misma y luego le habían traído allí. De ser así los efectos de aquel gas aún perdurarían en su cuerpo funcionando como un calmante, eso explicaría el hecho de que estuviera tan tranquilo.
En la parte iluminada de la mesa frente a sí había un libro, una vieja versión de bolsillo con el título y el nombre del escritor tachados. La curiosidad le hizo coger aquel libro y empezar a ojearlo. Todo estaba rallado, como si una legión de niños ociosos armados con bolígrafos se hubiesen cebado con él. Solo el dibujo de la portada permanecía intacto. Un niño harapiento estaba de cuclillas, observaba risueño un charco que le devolvía su propio rostro lleno de gusanos. El niño era Peotr.
El inquietante libro se le calló de las manos cuando una susurrante y quebrada voz procedente de la oscuridad le hizo sobresaltarse.

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